El duelo en invierno: cuando la vida nos invita a sentir .

Hace unas semanas me pregunté por qué, en estas fechas de invierno, parece morir más gente. Quería saber si era solo mi percepción, así que me puse a investigar. Las estadísticas confirman que la mortalidad aumenta por el frío, que desencadena enfermedades en personas mayores, y también por el incremento de accidentes durante las fiestas decembrinas.

Esa realidad trae consigo algo más profundo: muchas personas regresamos a vivir procesos de duelo en esta temporada. Y digo regresar porque ningún proceso de transformación es lineal. La energía y nosotros nos movemos en constante espiral. A veces avanzamos, a veces volvemos a un punto conocido, pero nunca desde el mismo lugar.

Quienes hemos vivido la partida de alguien querido sabemos que el duelo es un territorio que se visita en distintas etapas de la vida. No se repite igual, pero sí toca las mismas puertas internas. La muerte de alguien deja marcas, pero también deja regalos que solo pueden verse con el paso del tiempo y las acciones que se hacen en ese tiempo.

Casi siempre la muerte nos trae grandes enseñanzas. Nos confronta con heridas, miedos, memorias que quizá antes evitábamos mirar. Su llegada acelera los procesos internos: lo que estaba escondido sale a la luz y, en ese choque, el dolor se intensifica.

Psicológicamente, el duelo suele iniciar con el shock:

“Esto no está pasando”,

“Es una pesadilla”,

“Debe haber un error”.

Después llegan la tristeza, la frustración de querer ver o tocar a esa persona que ya no está, el enojo hacia uno mismo o hacia el mundo, y muchas veces la culpa:

“¿Qué hubiera pasado si…?”

“¿Si hubiera hecho algo distinto…?”

Yo llamé ese periodo  limbo: es como estar en la tierra sin sentirte del todo dentro del cuerpo, no estas aquí, ni allá. Como si faltara algo, como si estuvieras fragmentado. Es un estado donde se percibe la realidad pero desde lejos, sin pertenecer del todo a ella. Ahí nacen las lagunas mentales, la apatía y esa desconexión con el placer, la creatividad o el deseo. Todo se apaga.

A eso se suma que nuestra cultura rara vez nos enseña a ver la muerte como una transición. Celebramos el Día de Muertos, sí, pero muchas veces más como tradición estética que como práctica espiritual profunda. La visión católica predominante suele asociar la muerte con sufrimiento, culpa y dramatismo, y esto nos aleja de la aceptación.

Sin embargo, observar cómo otras culturas honran la muerte como transformación me ayudó a recuperar la fe. Me recordó que todo cambia, que todo se mueve, que la impermanencia es parte del camino. Y cuando aceptamos esto, aunque sea por un instante, todo se siente más ligero. Esa aceptación va y viene, como olas. Pero una vez que la sentimos, es más fácil volver a ella.

También comprendí que hay otras formas en las que el duelo aparece: cambios de país, rupturas, mudanzas, pérdidas de trabajo, de mascotas, cosas materiales, cada una son pequeñas muertes que activan las mismas memorias internas. Por eso, a veces sentimos que algo “duele demasiado” para lo que está ocurriendo. Pero en realidad el cuerpo tiene memoria, recuerda. El sistema nervioso recuerda. Las células recuerdan.

Hace poco, una amiga que perdió a sus padres hace dos años me compartió su dolor. Aunque sabía que era parte del ciclo de la vida, la pérdida aún no aterrizaba en la aceptación. Y cuando, en medio de este proceso, la persona con quien salía comenzó a ver a alguien más, todo se intensificó. No era solo la ruptura: se reactivaron las memorias del abandono, de la pérdida original.

Por eso necesitamos tiempo. Tiempo para sentir el dolor inevitable, pero también para recordar que el sufrimiento es opcional. Podemos elegir desde qué lugar mirar la experiencia. Qué lentes usar para comprenderla. Cómo liberar las memorias que se activan, aprender herramientas que nos ayuden a transitar estos momentos y también a pedir ayuda.

En ese espacio nace la compasión: para recordar que todo está dentro de ti y que eres libre de sentir, de transformar y de vivir.

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